Cuando opinar no es odiar. 4ºES0

En 4.º curso hemos trabajado la reflexión crítica a partir de un texto de Antonio Muñoz Molina sobre la libertad de expresión y los límites del discurso de odio. A través de distintos comentarios críticos, el alumnado analizó cómo, en la sociedad actual, muchas veces se confunde el derecho a expresar opiniones con mensajes que atacan, discriminan o fomentan la intolerancia.

Los textos elaborados muestran una mirada personal y razonada sobre un tema muy presente en las redes sociales y en la vida cotidiana: ¿todo vale en nombre de la libertad de expresión? Con argumentos, ejemplos y reflexión, el alumnado aprendió a diferenciar entre el debate respetuoso y el discurso que daña a los demás.


Daniel Danis

Este texto de Antonio Muñoz Molina me hace estar de acuerdo y, en menor parte, también en desacuerdo. Es un hecho que la libertad de expresión se está usando para fines más violentos, aunque esto supone una confusión, ya que en ese momento deja de ser libertad de expresión y se convierte en discurso de odio.

Los grupos históricamente más afectados por este tipo de burlas y humillaciones son las personas negras, las mujeres y, en resumen, casi cualquier ser humano que no sea hombre heterosexual. Aunque, afortunadamente, considero que en la actualidad, a nivel social, los ataques a estos colectivos se han reducido.

En estos casos, igual que ocurre con el acoso escolar en los patios de los colegios, la gente que se aferra a la libertad de expresión para mofarse de otros lo hace para sentirse mejor consigo misma.

Actualmente, en el mundo moderno, el odio está muy extendido y normalizado, especialmente en internet, un sitio donde mucha gente difunde discursos de odio sin miedo a alguna represalia por parte de los demás o se deja influenciar por los discursos de otras personas.

Esto lo hacen mucho los políticos para llamar la atención de jóvenes que no tienen demasiada idea sobre política, pero se ven atraídos por quien les dice que los problemas de un pequeño grupo o de otro son fáciles de resolver, con el objetivo de conseguir nuevos votantes y partidarios.

Y esto es muy efectivo, ya que los jóvenes suelen ser quienes más odio terminan difundiendo por su falta de madurez y, al darles el salvavidas de llamarlo libertad de expresión, se sienten impunes ante cualquier respuesta.

En mi opinión, la libertad de expresión es algo muy necesario, ya que, con lo que costó a muchos grupos conseguirla, perderla sería un atraso para la humanidad. Sin embargo, sí que se les debe poner un límite tanto a los políticos, que, al fin y al cabo, están normalizando la difusión del odio en sus discursos, como a todas las personas que difunden odio respaldándose en la libertad de expresión y hacen que mucha otra gente termine confundiendo estos términos tan diferentes.

Como se comenta en el texto, al final siempre es lo mismo: el fuerte riéndose de los débiles, cuando lo que deberían hacer es ayudarles.



Paula Pereira

El autor nos relata un suceso que ha estado ocurriendo recientemente: la incorporación de discursos de odio dentro de partidos políticos. Como dice el autor, se están incluyendo estos discursos dentro de un movimiento que nos hace creer que podemos comentar y expresar palabras de odio hacia otros sin tener represalias.

Se incluyen dentro de la libertad de expresión actos despreciables. Esto ya ha pasado en otras épocas de la historia. En la Guerra Civil, esa que ahora tanto se está blanqueando, vecinos y hermanos se odiaban hasta el punto de no importarles matarse.

Esta polarización política destruye a la sociedad y no hace falta ir a discursos de Trump o Bolsonaro; solo hace falta poder acceder a internet. El hecho de que podamos buscar información con solo mirar una pantalla hace también que nos manipulen a través de ella.

El discurso más fuerte y tóxico es el más visto, el más comentado. Al llegar a más gente, junto con otros discursos de la misma esencia, lo normalizamos. Hemos normalizado que los políticos roben: si lo hacen, pensamos que es “otro más” y, si no, los glorificamos.

Cuando Hitler acabó con la vida de miles de judíos, a mucha gente no le preocupó porque habían normalizado el racismo. Como dice el autor, los políticos influyen en nuestra ideología.

Si un partido de izquierdas está actuando mal, muchas personas no dudarán en las siguientes elecciones en votar a la derecha en vez de cambiar de partido dentro de la izquierda. Algo similar ha pasado en Estados Unidos, donde muchos inmigrantes votaron a favor de políticas que podían acabar provocando su propia deportación.

El discurso de odio es el que más impacta, el que más cala; nos remueve los sentimientos, hace que perdamos la razón y demuestra que es más simple elaborar discursos sentimentalistas que razonados.

En conclusión, estoy bastante de acuerdo con el autor y con la importancia de esta reflexión contra el odio.

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